Punks



A principios de los sesenta, el seudopintor Malcolm McLaren dirigió a los New York Dolls en Nueva York y después regresó a Londres, donde abrió Sex, una tienda de antimoda y de ropa de piel para sadomasoquistas. Juan Villoro reporta que Sex vendía “lentes ahumados de soldador, aretes de chatarra, tintes para teñir el pelo de rojo, azul, verde o anaranjado, alfileres de seguridad que simulaban atravesar la mejilla, chamarras rasgadas, botones que decían ‘si sientes que alguien te sigue no es que estés paranoico, sino que ya saben quién eres’ y camisetas que parecían recién lavadas en una alcantarilla”. La boutique de pronto se llenó de chavos jodidos que allí se sentían a gusto y se puso de moda. Desde que dirigió a los Dolls, McLaren había planeado crear un grupo de rock que diera forma a sus fantasías, así es que pronto reunió al jovencito John Lydon, un asiduo de Sex famoso por ojete, con Glen Matlock, uno de sus empleados que tocaba el bajo con otros dos rocanroleros y que andaba en busca de un cantante para formar un grupo. Lydon jamás había cantado, pero eso era lo de menos, así es que se transformó en Johnny Rotten, y el grupo, que McLaren bautizó como los Sex Pistols, empezó a cobrar rápida notoriedad por ruidoso y por el salvajismo, la violencia, las atrocidades y asquerosidades que hacían en escena.
Ante este éxito surgieron nuevos grupos, como The Clash y The Damned, que siguieron en la línea durísima de los Pistols y tuvieron grandes éxitos de ventas a pesar de que sus discos eran prohibidos en la radio y de que el medio de los espectáculos les tenía pavor. Este éxito comercial resultó paradójico porque, al igual que los rocanroleros gringos los Ramones, Talking Heads, Patti Smith y Televisión (que apenas un año antes habían empezado a tocar en el CBGB de Nueva York), los nuevos grupos ingleses creían que el rock había caído en la absoluta decadencia y corrupción. Las costosísimas grandes producciones de algunos grupos prestigiados les parecía una vil comercialización, y por tanto optaron por un rock desnudo, básico, rápido, violento y agresivo, sin adornos, sin solos, tan pelón que el de Creedence Clearwater parecía sinfónico, con delgadísimas líneas melódicas y letras demoledoras, como cuando Rotten cantó los famosos versos: “No hay futuro... Cuando no hay futuro, ¿cómo puede haber pecado?” en la rola “Dios salve a la reina”. Por lo general las canciones eran breves y explosivas. En cierta forma recordaban un poco los rocanrolitos de los cincuenta, sólo que sin candor ni humor y con una visión bárbara de la vida. Los antecedentes de este rock fueron los pequeños grupos gringos de garage de mediados de los sesenta, como and the Mysterians (los de “Noventa y seis lágrimas”) o Count Five (“Reacción sicótica”) y, después, los Stooges, MC-5 o los New York Dolls.
A esta nueva corriente se le llamó rock punk. La palabra punk es un coloquialismo de viejo uso, sumamente derogativo, que indica a una persona que se comporta como marrano, un ojete y gandalla, bueno para nada, desconfiable y agresivo; o algo que no sirve, de pésima calidad, por lo que rock punk quiere decir “rock ojete” o “rock chafa”. Una de las primeras veces que la palabra punk apareció en la música fue en “Dear officer Krupke”, de West Side Story, el refrito de Romeo y Julieta entre pandillas juveniles de Nueva York; después la utilizaron los Who en la canción “The godfather and the punk” de su ópera rock “Quadrophenia” de 1973. En ese año se le oyó también al viejo Mott the Hoople en su éxito “Wizz kid”.
Los máximos representantes del punk sin duda fueron los Sex Pistols, a los que poco después se agregó Sid Vicious, antihéroe que acabó apuñaleando a su novia Nancy y que después murió en un pasón de heroína. En medio de un extraordinario éxito de ventas, los Pistols fueron boicoteados duramente por la industria musical de Inglaterra, tuvieron que salir de gira y acabaron disolviéndose en Estados Unidos. En los ochenta Johnny Lydon dejó de ser Rotten y formó Public Image Ltd. The Clash también fue un grupo exitoso, al igual que los Buzzcocks y The Damned, que precedieron la aparición posterior de Joy Division, Siouxsie and the Banshees y otros punks ilustres. La virulencia inicial del rock punk fue tan intensa que no podía durar, así es que se diluyó en lo que se llamo new wave, otra nueva ola, algo mucho más amplio que abarcó a numerosas bandas inglesas y estadunidenses. Sin embargo, en los ochenta el punk revivió con nuevos bríos entre chavos de línea dura tanto en Inglaterra como en Europa y el gabacho, especialmente en la costa oeste. Surgieron incontables grupos que tocaban un punk más ruidoso, más lépero, más duro y rápido, con letras cada vez más terribles; además, el rock punk se abrió a numerosos subgéneros y fusiones, y a principio de los noventa procreó el grunge.
Los grupos punk fueron popularísimos en Inglaterra porque expresaron notablemente bien el estado de ánimo de incontables jóvenes pobres, proletarios, francamente asqueados de los mitos y los espejismos del sistema. Su desencanto era abismal y abarcaba todo: familia, religión, escuelas, instituciones, gobierno; el rechazo llevaba a los punks a inclinarse por muchas cosas que la sociedad consideraba repugnante, destructivo o tabú. Esto ya lo habían hecho los jipis, pero los primeros punks eran mucho más gruesos y desde un principio mostraron una radicalidad que despreciaba la muerte. Su droga favorita fue la heroína, junto con alcohol y todo tipo de fármacos: anfetaminas y barbitúricos en especial. Nada de alucinógenos ni mariguana. Primero se vestían con ropa de piel y las mujeres en la moda del sadomasoquismo y de la Mujer Fatal; usaban los cabellos cortísimos y pintados de colores; después vinieron las cabezas con largas puntas, mucho maquillaje en las mujeres, collares de perro, aretes, zapatos puntiagudos y demás.
Como se ve, en los setenta todo se fue al extremo opuesto, porque si bien los punks se cagaban en el mundo entero, detestaban especialmente a la generación anterior, a los jipis y los grupos sesenteros, especialmente a los Beatles, los Rolling Stones y al pobrecito de Donovan. Si antes se hablaba de amor y paz, a los punks les gustaban las suásticas y consideraban al amor como “un sentimiento bajo”. Los punks llamaron mucho la atención y se reprodujeron en muchas partes de Europa, en Estados Unidos y México, aunque ya en versiones menos feroces. Su influencia fue decisiva en el rock y la contracultura, y en los años noventa, perfectamente establecido y con una vasta infraestructura, continuaba con fuerza porque el mundo seguía cancelando el futuro a los jóvenes más pobres. El movimiento punk por lo tanto tuvo una influencia directa en el surgimiento de los fascistoides grupos de skinheads en varias partes de Europa.
En México, como en otras partes, el fenómeno punk se dio con variaciones al modelo original. Hacia fines de los setenta y principios de los ochenta aparecieron chavos muy pobres que, orgullosos, proclamaban: “Nuestro rey Cuauhtémoc fue el primer punk mexicano.” Como los ingleses, los punks aztecas no echaban raíces en el barrio, no consideraban que su territorio era sagrado ni que debían defenderlo a morir de chavos de otros rumbos; más bien, como plantea Juan Manuel Valenzuela, los punks eran nómadas urbanos cuyo centro de unión era el rock y la facha. Les gustaba salir a rolarla por la ciudad en busca de aventura y naturalmente para lucir el pelo pintado de colores, engominado para formar puntas de estrella, o cabeza de maguey, o rapado a la mohawk. Les gustaban los pantalones con parches y muchos cierres, botas pesadas, y muñequeras, chamarras y chalecos de piel con ásperos estoperoles y picos metálicos. Con el tiempo llegaron las camisetas negras con estampas de grupos de rock y la ropa negra en general, a la que se añadían leyendas que los convertían, dice Valenzuela, en “oradores silenciosos”. Al rolarla por la ciudad los punks se conectaban y así se formaban algunas, infrecuentes, bandas de punks. Fue un fenómeno de jóvenes jodidos, lumpenproletarios, y sólo uno que otro niño rico, suscriptor de Option, quiso vivir el mito punk con resultados ridículos. Algunos chavitos de clase media también se emocionaron mucho con los punks, pero siempre desde fuera.

Con semejante fachada, especialmente el cabello, los punks llamaron mucho la atención e inevitablemente fueron objeto de reportajes en los medios, generalmente para burlarse pero a veces con ánimo solidario. La gente por lo general los rechazaba o se burlaba de ellos por su aspecto ridículo. No tenían una manera específica de pensar, salvo la idea de que nada valía la pena porque el Apocalipsis había llegado; por lo general no armaban escándalos y su manera de vestir y de peinarse era su proclama para mandar a todos a la chingada, como decía la canción del grupo Solución Mortal, de Tijuana. De cualquier forma, para no variar, la policía nunca dejó de hostigarlos y, como a los jipis, los arrestaba por la mera apariencia. A principios de los ochenta algunos punks organizaban fiestas pesadísimas en departamentos llenos de basura, donde la gente fumaba mariguana, bebía alcohol, inhalaba cemento, ingería pastas y bailaba en medio de vómitos, meadas y parejas que cogían en los rincones.
Los punks mexicanos eran pocos pero en un principio vivieron su mito con gran intensidad.
De cualquier manera, con el tiempo la marranez bajó de volumen y los punks mexicanos atenuaron la onda nazi. Finalmente quedaron como grandes personajes del tianguis de rock del Chopo.

7 edades del rock: El nacimiento del rock

A modo de recapitulación




El final de la era psicodelica: El lado oscuro de la luna

"El sueño ha terminado"
Hacia 1974 se habló, con una insistencia que más parecía campaña, de la muerte del rock. Naturalmente se trataba de un wishful thinking o del viejo truco de ver si al decir una cosa ésta se volvía realidad. Lo que sí resulté claro fue que había quedado atrás una fase de la contracultura, la romántica, paz-y-amor, de los sesenta. Los nuevos tiempos venían especialmente oscuros. Algunos, pocos, de los que circularon en la onda o que de plano fueron   jipitecas de alguna manera se las arreglaron para conservar sus ideas, lo era relativamente fácil en el lado espiritual, pero la mayor parte se integré en el sistema, aunque nunca dejó el gusto por el rock, al menos el de los sesenta, y ocasional o consuetudinariamente, se daba sus toques.
Todo indicaba que las premisas esenciales de la contracultura habían sido notablemente epidérmicas (Juan Villoro lo ejemplifica con el ex sesentero que sin darse cuenta tararea “Satisfacción” al hacer cuentas con su calculadora portátil), y en buena medida lo fueron, pero, sin embargo, quedó un desencanto y una desconfianza hacia el sistema en general; se aceptaba, pero nadie se creía ya los viejos mitos. Se dijo entonces que las utopías habían muerto, lo cual demostraba su inoperancia. Es verdad que la revolución sicodélica era una franca utopía, y en México después de 1968 no se la tragaron muchos, pero lo importante era el mito en que convergían todos porque le daba un sentido trascendente a la vida; lo importante eran los ideales, la exploración de la mente y el señalamiento de una realidad cultural que requería corregirse.
No se decía, además, que el sistema había cerrado filas contra las rebeliones estudiantiles y la contracultura, así es que las esperanzas de un mundo mejor en el individuo, en la sociedad y la naturaleza no murieron por causas naturales sino que fueron aplastadas después de una guerra intensa, sucia y desigual. Los grupos dominantes, políticos y financieros, programaron una contrarrevolución cultural a través de la satanización de las drogas, la mitificación del narcotráfico como villano internacional, el amarillismo sobre el sida, la identificación del comunismo como terrorismo y del terrorismo como manifestación del demonio. Ya todo se había consumado. No tenía caso rebelarse, había que entrarle al juego con todo y sus inconcebibles reglas, la llamada economía de mercado o neoliberalismo, y aceptar la manipulación de los derechos, la disminución de las libertades, el aumento de la represión y la intimidación, y el avance incontenible de la miseria moral y material.
Todo esto significó un oscurecimiento paulatino de los estados de ánimo. En el rock de los sesenta primero cobraron fuerza corrientes aparentemente antitéticas, pero oscuras, como el rock progresivo y el metal pesado, que por supuesto representaban las tendencias más desarrolladas y las más viscerales entre los jóvenes (en México, también una distinción de clase) pero éstas fueron hechas a un lado brutalmente con el surgimiento del rock punk, pero ese ya será  tema para otro artículo.

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